La temperatura: un factor decisivo en el cultivo de la uva
Cuando pensamos en la calidad de un vino, solemos imaginar la variedad de uva, el suelo o la mano del viticultor, pero hay un factor clave que influye de manera determinante en la composición y sabor de la uva: la temperatura. En el cultivo de la vid, la temperatura no solo condiciona el crecimiento de la planta, sino que afecta directamente a la maduración del fruto, su acidez, dulzura y, en definitiva, al perfil final del vino. Entender cómo influye el calor y el frío, y cómo se combinan durante el día y la noche, es fundamental para obtener uvas de calidad y vinos con carácter.

¿Por qué la temperatura afecta la maduración y calidad de la uva?
La temperatura regula los procesos metabólicos de la vid. Durante el crecimiento vegetativo, la planta acumula compuestos esenciales, entre ellos los ácidos orgánicos como el tartárico y el málico, que son vitales para la frescura y el equilibrio del vino. A medida que la uva madura, la temperatura determina cómo y cuánto se degradan estos ácidos y cómo se concentran los azúcares, factores clave para el equilibrio alcohólico y ácido.
Como me gusta explicar cuando visito viñedos, las noches frescas juegan un papel fundamental en preservar esos ácidos que, de otro modo, se consumirían si la temperatura nocturna fuera alta. Es en estas horas cuando la planta reduce su actividad metabólica, ralentizando la pérdida de ácido málico y permitiendo que la uva mantenga ese frescor tan deseado en el vino.
La importancia de las diferencias térmicas entre el día y la noche
Uno de los aspectos más interesantes y decisivos en el cultivo de la vid son los llamados «saltos térmicos», es decir, la diferencia de temperatura entre el día y la noche. Las noches frías, especialmente en viñedos de altura o zonas con influencia de vientos frescos, contribuyen a ralentizar la degradación de ácidos, lo que se traduce en uvas con mejor equilibrio.
Cuando las noches son cálidas, la vid sigue activa, consumiendo ácido málico para recuperarse del estrés térmico diurno. Esto provoca una reducción más rápida de la acidez y un desequilibrio que puede afectar la calidad del vino. Por eso, cuando hablo con amigos viñadictos, siempre destaco la suerte que tenemos en ciertas zonas que, a pesar de los calores del día, disfrutan de noches frescas que permiten conservar mejor la acidez natural.
Temperaturas ideales en cada etapa del ciclo de la vid
La vid pasa por distintas fases a lo largo del año, y cada una requiere un rango térmico óptimo para desarrollarse adecuadamente:
Temperaturas superiores a 35 °C durante la maduración pueden causar estrés hídrico y pérdida acelerada de acidez, mientras que noches por encima de 20 °C favorecen la degradación rápida del ácido málico.
| Etapa del ciclo | Temperatura ideal | Efectos en la vid |
|---|---|---|
| Brotación | 10–15 °C | Inicio del crecimiento, brotes sanos y fuertes |
| Floración | 20–25 °C | Polinización eficiente y formación del fruto |
| Crecimiento | 22–28 °C | Desarrollo del racimo y acumulación de compuestos |
| Maduración | 25–30 °C (día), 10–15 °C (noche) | Equilibrio azúcar-ácidos, calidad del fruto |
Cómo influyen el clima y la altitud en la temperatura del viñedo
La ubicación del viñedo es clave para definir su microclima. Los viñedos situados a mayor altitud suelen beneficiarse de mayores diferencias térmicas diarias, lo que resulta ideal para conservar la acidez y favorecer una maduración equilibrada. En zonas como Utiel-Requena, la influencia del viento de norte aporta ese frescor nocturno que es un verdadero regalo para la calidad de la uva.
Por el contrario, en climas cálidos y bajos, las noches suelen ser más cálidas, acelerando la maduración y perdiendo acidez, lo que obliga a los viticultores a buscar estrategias para compensar ese desequilibrio.
Consecuencias de las temperaturas extremas en la vid y el fruto
El exceso de calor y las noches cálidas pueden llevar a problemas como:
- Pérdida de acidez: La degradación acelerada del ácido málico reduce la frescura y capacidad de guarda del vino.
- Desarrollo desequilibrado de azúcares: Se incrementa el grado alcohólico, afectando el balance.
- Estrés para la planta: Temperaturas muy altas provocan reducción del crecimiento y daños en los racimos.
- Vinos menos longevos: La baja acidez afecta negativamente la estructura y evolución en botella.
Por eso, es común que en regiones cálidas se busquen métodos para mitigar estos efectos, como el manejo del viñedo para favorecer la sombra y la ventilación.
Técnicas para manejar y optimizar la temperatura en el viñedo
Existen varias prácticas agrícolas que ayudan a controlar el impacto de la temperatura:
- Poda y manejo del follaje: Ajustar la cantidad de hojas para equilibrar la exposición solar y sombra.
- Orientación de los surcos: Aprovechar la orientación para optimizar la exposición al sol y ventilación.
- Riego controlado: Para evitar estrés hídrico que intensifique los efectos del calor.
- Elección de portainjertos y variedades: Adaptados al clima local y que toleren mejor las temperaturas extremas.
- Uso de coberturas o mulching: Para mantener la humedad y temperatura del suelo más estables.
Estas estrategias son especialmente importantes en zonas con veranos cálidos y poca diferencia térmica nocturna.
Logrando el equilibrio perfecto: temperatura y calidad en la uva
En definitiva, lograr un equilibrio adecuado entre las temperaturas diurnas y nocturnas es clave para obtener uvas de calidad, con el balance justo de acidez y azúcar que define vinos frescos, estructurados y longevos. Como he observado personalmente en viñedos jóvenes de garnacha durante el envero, las noches frescas ralentizan la degradación del ácido málico, lo que permite llegar a la vendimia con un equilibrio que no siempre es fácil de conseguir en la Península Ibérica.
Este equilibrio es vital para que los vinos no solo sean agradables al paladar, sino que también tengan una buena capacidad de guarda, algo que cada vez se valora más en el mercado.

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